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La cantidad de poder en una Nación es siempre el mismo.

 
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zarpax
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MensajePublicado: Jue Oct 03, 2013 9:33 am    Asunto: La cantidad de poder en una Nación es siempre el mismo. Responder citando

Un texto de Francisco Javier Conde García:


<<La sociedad contemporánea exige por propia condición la existencia de un poder político altamente concentrado y fuerte. Los diagnósticos ysoluciones que como remedio a la despersonalización y por temor histérico a cualquier fenómeno de poder propugnan la descentralización y la delegación de funciones en pequeños grupos (nuestros neofeudales autonómicos) para que el hombre no se sienta molécula insignificante dentro de un gran torbellino son herróneos. El sueño de una sociedad pluralista con poderes más o menos "entrañables" y armoniosamente conjugados entre sí es, en el mejor de los casos, una utopía, quién sabe si deseable, pero, desde luego, irrealizable. Siempre que tropiezo con alguna de estas inocentes tentativas de signo romántico me acuerdo de un juicio certero de Rousseau, cuyo alcance sólo se comprende cabalmente cuando se saca el corolario. Dice el agudo ginebrino que en una comunidad determinada la cantidad de poder es siempre la misma. La afirmación es tan sugestiva que debidamente corregida puede tomarse a la letra como un principio de la teoría política. Y aquí viene el corolario: lo que varía son los grupos que lo detentan…>>

El poder, la cantidad de poder en una Nación es siempre el mismo (según Juan Jacobo Rousseau). Varían los hombres que lo detentan, varía la cantidad de hombres que se lo reparten o ejercen. El que soporta el poder, el súbdito o ciudadano, soporta siempre la misma cantidad de poder, tanto si lo ejerce uno como si lo ejercen unos pocos, tanto si le aparece ese poder como la dictadura de uno o como si le aparece como la oligarquía de varios o de unas enteras pluriarquías supuestamente "democráticas". "Pero el resultado del juego no es indiferente para los que soportan el poder", dice Javier García Conde. Lo que quiere decir que, ya que tenemos que soportar siempre la misma cantidad de poder, mejor nos iría soportando a la mínima cantidad de hombres que lo detentan, pues siendo siempre el poder el mismo, soportaríamos mejor a un sólo corrupto o a pocos, que no a una pléyade de ellos. Cuando menos ahorraríamos costos al erario público.

Nota bene: los paréntesis son míos y las negritas de nuestro autor:<<Hay una diferencia radical entre soportar un poder que persigue, en principio, el bien general y soportar poderes que sirven a intereses particulares. En la situación presente (1952), la opción está entre el sometimiento a los grupos que controlan las gigantescas organizaciones impersonales que configuran de hecho nuestro vivir cotidiano -las grandes élites inauténticas que hemos dibujado en nuestro análisis (siguiendo a Max Weber)- y el poder político, por definición, público, por esencia, responsable. La opción es inexcusable y las bellas cantinelas sobre la descentralización constituyen otra nueva cortina de humo para ocultar ideológicamente la realidad. Entre las tácticas del juego por parte de los grupos de presión (léase hoy multinacionales y neoliberalismo) está la difamación sistemática del poder político.

La centralización de la función política no es obra arbitraria de la burocracia en provecho propio
(aunque la descentralización para provecho propio aumente artificialmente la burocracia: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/08/07/galicia/1344344141_944201.html ), sino el resultado inevitable de la ingente complicación que presenta la técnica económica y cultural de los modos actuales de existencia. Cuando las relaciones reales de la vida abarcan espacios inmensos, los complicados mecanismos que hay que montar para su dominio sólo se pueden manejar desde un punto central, desde un centro nervioso. Querámoslo o no, tenemos que pechar con un poder político fuerte. Otra cosa es que tratemos de anclar ese poder en un cuadro de valores trascendentes y que el uso de ese poder sea legítimo y justificado. He aquí la primera conclusión.

La segunda es esta: el poder es siempre cosa de hombres. La pretensión de reducir el orden político a un orden por concurrencia con el fin de despersonalizar radicalmente el poder; el intento de eliminar el poder del hombre sobre el hombre y borrar de la historia el factor fuerza, la difamación del poder como encarnación suprema del mal, son otras tantas máscaras ideológicas en provecho de los poderes indirectos. Nada menos que Kant, al que nadie, creo, osaría tildar de totalitario, dice en una ocasión que la empresa más difícil que el hombre y la historia tienen ante sí es hacer una constitución política perfecta. La razón que aduce es aleccionadora: ninguna constitución política es posible sin un poder irresistible, y, lo que es más grave, ese poder irresistible tiene que estar necesariamente en manos de hombres, porque el poder es cosa de hombres.
Este recuerdo de Kant nos lleva derechamente a una nueva conclusión, que también podría autorizarse con el nombre de Kant y con otro tan poco sospechoso de totalitarismo como el de Montesquieu: más que esperar que la buena constitución política emane directamente de la sociedad y del juego de sus fuerzas -Kant diría de la moralidad-, hay que esperar lo contrario, a saber: que de una buena constitución política salga la buena formación moral de un pueblo. De donde no se puede inferir que al Estado compete el deber de crear y acoplar en la sociedad, con funciones rectoras dirigentes genuinamente políticas, que desplacen resueltamente a las élites inauténticas que dominan la sociedad contemporánea…… El poder, decíamos hace un instante, es cosa de hombres, ni sobrehumano ni diabólico, sencillamente humano. No hay razón alguna para que el problema del mando y de la obediencia no pueda ser planteado en términos de humanidad. Una antropología rigurosa y verdadera no consiente esas fáciles y falsas distinciones entre razón e instinto, inteligencia y voluntad, pasión e intelecto frío, que han permitido y permiten hoy la más suicida e injusta ofensiva que registra la historia: la ofensiva contra la inteligencia. Yo no sé ciertamente cual es el retraso que la marcha moral de la humanidad lleva respecto de su progreso material. Mucho, sin duda. De lo que estoy seguro es de que esa distancia no se acortará poniendo simplemente en tensión los instintos, la sangre y las pasiones, sino a fuerza de inteligencia. La difamación de la inteligencia es otra de las tácticas predilectas de las élites inauténticas. No voy a caer en el lazo de contraer la inteligencia a uno de los modos específicos de hacer uso de ella, lo que define a un hombre de intelectual. El espíritu de violencia, el espíritu de los negocios -lo que Saint Simon llamaba elegantemente el espíritu industrial- y los irracionalismos en boga han degradado el vocablo hasta el punto de que en una curiosa y reciente encuesta de una revista europea, donde se preguntaba a los interesados como definirían tan castigada palabra, algunos empezaban a sentirse molestos porque se les llamaba intelectuales. La sociedad debe a los intelectuales la restitución de esta inmerecida degradación. Una élite política inteligente o de la inteligencia no es equivalente a una élite de intelectuales, pero no hay una élite política digna de tal nombre sin una élite intelectual. Entendámonos. No es sólo que el obrar humano emerge de la verdad, que no es sino la inteligencia de la realidad. No es sólo que el obrar el bien depende de ese previo inteligir. Todo esto es evidente para un europeo y tiene un nombre de noble estirpe: prudencia. Lo decisivo es que hay una parte muy considerable de problemas políticos que son suceptibles de solución racional por una recta aplicación de la inteligencia -¡ahí va la palabra, no me duele soltarla!- científica. El tablero político de cada día está atravesado de teoremas pseudocientíficos trasnochados. La aplicación de la inteligencia científica a la configuración del vivir político es un imperativo indeclinable. El intento no es nuevo y más de una tentativa terminó en fracaso. Pero puede ser nuevo el modo mismo del intento, la intención del intento. Aunque no quepa una coincidencia racional en los objetivos últimos de la política, cabe el perfeccionamiento objetivo y mesurado de las condiciones que sustentan nuestra vida política. Muchas veces la discrepancia o la discordia en cuestiones políticas no nace de una divergencia de fondo en los objetivos, sino de no saber a qué realidad atenerse por ignorancia de la realidad. En la selva de la ignorancia crecen avasalladoramente los arbitristas con sus pseudosoluciones milagrosas. El arbitrista es la contrafigura del facultativo. La política es -o si se prefiere- puede y debe ser hoy un saber facultativo. Renunciando a toda clase de mesianismos, irracionalismos y arbitrismos, yo me conformaría con proclamar como objetivo inmediato y urgente la formación de una élite de facultativos de la política. Con ella, ciertamente, no se habría colmado la función política de la inteligencia. Sólo por un costado puede la política constituir un manojo de saberes positivos; por el otro, es más que un saber práctico, es sabiduría. Quede esta dimensión para el que le caiga en suerte como un don de Dios. Esa parte no es materia de paideia, excede de toda tentativa de cultivo. Pero la otra, la política como saber, es absolutamente indispensable en una época en que la sutileza de las decisiones exige una manera cada vez más fina de hilar el pensamiento. Con esa élite tampoco quedaría colmada la función política de la inteligencia. Una de las funciones de la inteligencia consiste en proponer a la sociedad ideas verdaderas que exceden de lo que la ciencia puede procurar. Esas ideas no las puede ofrecer la ciencia, sino la sabiduría, la inteligencia asentada en el ethos de la sabiduría.>>
(Cf. Francisco Javier Conde. Las élites políticas contemporáneas. Escritos y fragmentos políticos, vol. II, pags. 173 y ss. Ed. Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1974).



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José Mª Rodríguez Vega

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