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LA ÉPOCA DE LA NEUTRALIDAD, de Carl Schmitt.

 
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zarpax
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MensajePublicado: Sab Sep 29, 2007 5:45 am    Asunto: LA ÉPOCA DE LA NEUTRALIDAD, de Carl Schmitt. Responder citando

CARL SCHMITT


LA ÉPOCA DE LA NEUTRALIDAD


Trascripción íntegra de la traducción de Francisco Javier Conde.

Ed. Cultura española. Madrid 1941.

…………………

PRÓLOGO DEL AUTOR A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Allí donde la “diferenciación de los espíritus” comienza, se encuentra el punto extremo de la distinción del amigo y del enemigo.
Todos los pueblos europeos están hoy empeñados en un torneo espiritual de signo universo, en el que tal vez caben algunos cambios tácticos de situación, pero no una neutralidad espiritual. El que quiere permanecer neutral se excluye a sí mismo. Menos que otro pueblo cualquiera podía renunciar a la decisión un pueblo como el español, que en todos los momentos cumbres de la Historia universal ha acreditado su arrojo para decidirse en lo que atañe al espíritu. Más bien cumple a otros pueblos medir sus fuerzas mirando esta energía española para la decisión.

Por eso el hecho de que se dé a la estampa en lengua española esta publicación mía, que es mi contribución a tan magno torneo, tiene para mi una significación infinitamente mayor y harto diferente de la puramente literaria. Es un llamamiento desde un frente y compensa muchos esfuerzos y muchas amarguras; su valor primordial estriba en que acaso mi trabajo resultará fructífero en un pueblo cuyo espíritu y cuya ejemplaridad me han dado a mi mucho más de lo que yo pudiera devolverle.

El que conoce la dureza del presente torneo universal sabe que no importan los aliados tácticos, sino los verdaderos amigos. Por eso es mi mayor alegría que la traducción española sea obra de Francisco Javier Conde, cuyo espíritu y cuya alma he tenido ocasión de conocer y admirar en años henchidos de destino y a través de muchos e intensos coloquios.

Berlín, marzo de 1939.


Carl Schmitt

…………………



La época de la neutralidad


(PRIMERA EDICIÓN, 1929.
SEGUNDA EDICIÓN 1932)




Los pueblos de Europa vivimos bajo la mirada de los rusos. Su ojo sutil ha penetrado el secreto de las máximas y de las instituciones del siglo XIX. Dotados de enorme vitalidad, consiguen adueñarse de nuestros conocimientos y de nuestra técnica y con ellos forjan sus armas. Su valor, fundado en la ciega afición al racionalismo, su fuerza constituída por su apego a la ortodoxia, sin diferenciar lo bueno de lo malo, son sus virtudes sobresalientes. Han sabido atemperar el socialismo a las necesidades del alma eslava y tal acontecimiento, como proféticamente escribiera Donoso Cortés en 1848, iba a ser el hecho decisivo de nuestro siglo.

En 1929, mil signos han dejado entrever que nos encontramos aún en uno de esos períodos de cansancio que acompañan generalmente a las grandes guerras y se caracterizan por la invocación infructuosa del pasado. La Europa del siglo XIX trastornada por una formidable coalición dirigida durante veinte años contra Francia, vió nacer, poco después de 1815, una generación de hombres similares que, salvo algunas excepciones, se podían definir con esta simple fórmula:<legitimidad del statu quo>.

En estas circunstancias poco importa, en realidad, hacer renacer una manera de vivir desaparecida. Aferrarse desesperadamente a las tradiciones antiguas, tanto en política interior como en la exterior, obedece simplemente a este argumento que uno se hace a sí mismo: ¿Después del statu quo, qué nos espera? Pero pronto, bajo la máscara de la restauración del pasado, vuelven las cosas ha transformarse con rapidez, y sin llamar la atención siquiera, sin que quepa fijar ni su sentido ni su alcance, nacen nuevas situaciones y se establecen relaciones nuevas. Y cuando llega el momento de la legitimidad, se esfuman como un fantasma.

Los rusos se han asido a la letra de nuestro siglo XIX; han estudiado el funcionamiento de todas las cosas con todos sus pormenores y, una vez sentadas las premisas, han sacado sus últimas consecuencias. El más audaz siempre impone sus condiciones a su semejante, se erige en su carcelero, y le obliga a realizar su propio parecer. No es mi intención estudiar aquí la realidad política de Rusia, sino recordar un hecho de primordial importancia: en tierra rusa la lucha contra el cristianismo, favorecida por el prodigioso desarrollo de la técnica, ha sido erigida solemnemente en símbolo; en este vasto Imperio ha nacido un Estado que aventaja en refinamiento y en poder de realización a todo lo que los príncipes absolutos como Felipe II, Luis XIV o Fedrico el Grande, soñaron jamás realizar. Quien intente, pues, explicar este fenómeno, no puede perder de vista la historia europea de los últimos siglos. El espectáculo de Rusia es la última etapa de una evolución que comienza en Europa Occidental; simboliza el coronamiento de una idea; en él se puede analizar como a través de un cristal de aumento, ese germen vivo de la historia moderna de nuestro continente.
……

DE CÓMO CADA SECTOR DEL CONOCIMIENTO HUMANO PUEDE CONVERTIRSE, SUCESIVAMENTE, EN CENTRO DE ATRACCIÓN INTELECTUAL DE UNA ÉPOCA

Recordemos la etapa recorrida por el espíritu humano a lo largo de estos cuatro últimos siglos, los diferentes sectores desde los cuales se ha dignado contemplar alternativamente a la humanidad. Estas etapas son cuatro: aparecen de una manera curiosa. Llevan los nombres siguientes: Teología, Metafísica, Moral y Economía. Algunos interpretes de la historia universal, Vico y Comte, han elevado esta observación, propia de una época de nuestra historia continental, a regla general rectora de los destinos de la humanidad, y de ella ha salido la famosa <ley de los tres estadios>; teología, metafísica, ciencias o positivismo.

Pero a la verdad, lo único que cabe afirmar es que Europa, a partir del siglo XVI, ha gravitado sucesivamente sobre cada uno de estos diferentes sectores y que toda nuestra civilización ha sido influída por esta evolución. En el curso de los cuatro siglos transcurridos, la actividad intelectual de nuestros antepasados ha conocido cuatro zonas de atracción diferente y, por su parte, las minorías activas, que formaban antaño la opinión avanzada, han consagrado alternativamente su pensamiento a sectores diferentes, a medida que los siglos se sucedían.

Estas variaciones constituyen la clave para el que aspira a comprender el espíritu de las generaciones sucesivas. No se trata aquí, sin embargo, de considerar ese desplazamiento de los valores que conduce de la teología a la metafísica, de la metafísica a la moral y luego a la economía, como una teoría sobre las ideas dominantes aplicables a la historia general del pensamiento y la sociedad, ni como una ley filosófica del mismo tenor que la ley de los tres estadios. ¿Qué nos importa a nosotros la historia de las civilizaciones extrañas y el ritmo de la historia universal? Tampoco nos preocupa saber si se trata de un progreso o de una regresión. Además, sería necio imaginar que fuera de las preocupaciones dominantes de cada época no hubo otro pensamiento.
Por el contrario, no es raro que coincidan diferentes estadios en una misma época, que muchos contemporáneos, compatriotas y hasta hermanos, aparezcan repartidos en los diferentes peldaños de la escala. Limitémonos a recoger los hechos tal como la observación nos los muestra: en el curso de los cuatro últimos siglos de nuestra historia, a medida que las minorías se sucedían, sus convicciones y sus medios de prueba han ido variando continuamente. Su atención se ha dirigido hacia nuevos objetos; su manera de razonar se ha transformado, las grandes líneas ocultas de su política y los medios de persuasión de las masas han recibido cada día fórmulas nuevas.

Bien clara es en ese aspecto la primera fase de esta evolución, que evoca el paso de la teología del siglo XVI a la metafísica del XVII, periodo de gloria no sólo para la metafísica, sino también para la ciencia, durante el cual florece la edad heróica del racionalismo occidental y brillan nombres como los de Suárez y Bacon, Galileo, Kepler, Cartesio, Grocio, Hobbes, Spinoza, Pascal, Leibniz y Newton. Todos los conocimientos matemáticos, astronómicos y científicos que hicieron a este siglo para siempre célebre, no eran más que piezas sueltas de un vasto sistema metafísico o <natural> que los englobaba; todo pensador era un gran matemático y hasta la superstición tomaba entonces la apariencia del racionalismo cósmico y se llamaba astrología. El siglo XVIII, fundado por entero sobre una filosofía deísta, pareció olvidar la metafísica para consagrarse a la magna obra de la divulgación, a las aplicaciones científicas, a los trabajos literarios que relataban los grandes acontecimientos del siglo XVII, al humanismo y al racionalismo. Suárez continúa ejerciendo su influencia a través de las obras populares de aquél tiempo: Pufendorff, cuando trata de la moral o del Estado, no es más que el heredero de Suárez y el Contrato social no es, a su vez, sino una vulgarización de Pufendorff. El verdadero <pathos> del siglo XVIII estriba en su estimación mística de la virtud, en alemán “Tugent”, “Pflicht”. Ni siquiera el romanticismo de Rousseau consigue desterrar abiertamente la moral. Una de las manifestaciones características de este siglo es la definición que Kant da de Dios: <un parásito de la moral>, como suele llamársele en forma irreverente. En esta expresión: <crítica de la razón pura>, cada uno de los términos –crítica, razón y pura- se opone rigurosamente a los vocablos dogma, ontología y metafísica.

El siglo XIX se propuso una empresa evidentemente irrealizable, pretendiendo conciliar la tendencia estética y romántica con la economía y la técnica.
El romanticismo del siglo XIX –si nos atenemos a su significación histórica- constituye a manera de un guión, un enlace estético entre la moral del siglo XVIII y la economía del XIX; supo, sin gran esfuerzo, granjearse el favor de su época, mediante la transposición al plano estético de todas las conquistas del espíritu. La estética está, en efecto, en el camino que conduce de la metafísica y de la moral a la economía; el consumo y el goce estéticos, que siempre rozan lo sublime por alguna parte, tienen por consecuencia necesaria la sumisión de la actividad intelectual a las leyes de la economía y la reducción de nuestro ser a las dos funciones de producción y consumo. La economía nació, por decirlo así, de la estética romántica. En cuanto a la técnica, se nos presenta en el siglo XIX estrechamente ligada a la economía, bajo la forma del industrialismo. Nada más típico a este propósito que las teorías históricas y sociales de la doctrina marxista; la economía aparece por doquier como base fundamental de toda construcción idealista. Aquí es donde la técnica entra en escena por primera vez. En efecto, esta doctrina distingue las grandes épocas de la humanidad según el método técnico, pero el sistema no deja por eso de ser económico y el porvenir cuidará de divulgar sus elementos técnicos. En una palabra, el marxismo, conforme en todo punto con el espíritu económico, pertenece enteramente al siglo XIX, siglo esencialmente económico.

El desenvolvimiento de la técnica se acentúa de tal manera a lo largo del siglo XIX, tan rápida es la evolución de las relaciones sociales y económicas, que todas las cuestiones morales, sociales y económicas se resienten de ello. Bajo el impulso formidable de los descubrimientos y de las realizaciones cada día más perfectas y más maravillosas, surge una <religión del progreso técnico>. Todo se resuelve en última instancia por el progreso. Ningún dogma más evidente ni más elemental que éste para las grandes aglomeraciones industriales.

Las masas no tienen consideración alguna al largo trabajo preliminar de ensayo necesario para la formación de las minorías. Renegando súbitamente de una religión que descansa en los misterios y en la creencia en el más allá, han conseguido crear para su uso, sin transición, una religión de los misterios técnicos, una religión terrestre del esfuerzo humano y de la superioridad del hombre sobre los elementos. Han sustituído el sentimiento religioso por un sentimiento técnico, que, como su predecesor, proviene del misterio. El siglo XX ha nacido de esta fe religiosa en la técnica. Suele llamársele generalmente el siglo de la técnica; en realidad, esta expresión es incompleta. Cuando decimos <fe religiosa de la técnica>, queremos designar con ello no sólo una relación aparente, sino el resultado de una lenta progresión que sólo en caso de llegar felizmente a término podía dar nacimiento a una religión.
No existe la unidad de lo espiritual: el espíritu de una época está ligado a las circunstancias políticas de hecho que han determinado esa época. Y a la manera como cada nación fija a su antojo y sin recurrir a otro lo que ella misma entiende por nación, así cada época tiene una noción de la cultura que le pertenece en propiedad. Todo pensamiento original que guarde relación con el desenvolvimiento espiritual de la humanidad, ha de tener en cuenta las circunstancias determinantes: son éstas las únicas leyes válidas en este dominio. A medida que se desplaza el centro de atracción de la vida espiritual, como vimos que acontece en el curso de los cuatro siglos precedentes, cada vocablo y cada concepto reciben significaciones diversas, adecuadas a las preocupaciones dominantes de la época. No se pierda esto de vista. Gran parte de las confusiones que hicieron la fortuna de algunos impostores provienen de un abuso del vocabulario: no es lícito trasladar a otro sector un término modelado por la metafísica, la moral o la economía. Las catástrofes y los grandes acontecimientos históricos que más impresionaban a las generaciones pasadas no eran enteramente ajenos a las preocupaciones dominantes de su tiempo: el temblor de tierra que causó la destrucción de Lisboa en el siglo XVIII dio origen a toda una literatura moral, al paso que en nuestros días, este acontecimiento no tendría ninguna repercusión intelectual; en cambio, una devaluación o una quiebra en el sector económico, no sólo acarrean consecuencias prácticas, sino que una parte considerable de la humanidad se apasiona por los problemas teóricos a que da lugar.

Un sencillo ejemplo pondrá al descubierto hasta qué punto puede variar la significación de un vocablo a medida que el centro de gravedad de una época pasa de un sector a otro. La noción de <progreso>, del mejoramiento y perfeccionamiento –hoy día racionalización- no cesó de agitar al siglo XVIII, preocupado por la moral humanitaria. Se entendía entonces por progreso el adelanto de las ciencias morales, el desarrollo de la personalidad, el señorío de sí mismo, la educación y el progreso moral. Luego, con el desenvolvimiento del espíritu económico y técnico, el progreso moral, aunque todavía suscita alguna atención, queda preterido en segundo plano, detrás del progreso económico. En cuanto un sector asume la primacía sobre los demás, todas las cuestiones que interesan a éstos se convierten en secundarias, y su solución queda subordinada a la de los grandes problemas del día. Durante el reinado de la teología, todo parecía resuelto cuando lo habían sido satisfactoriamente las cuestiones de orden teológico; lo demás, lo que no dependía de la teología, se abandonaba a la iniciativa privada. La misma tendencia caracteriza a las épocas siguientes; a medida que se entra en la época de la moral, la única preocupación es dar al hombre una formación moral: todos los problemas gravitan sobre la educación. Cuando entramos en el reinado de la economía, ya sólo importa la producción y distribución de las riquezas. Las cuestiones morales y sociales no tienen ya defensores; por último, el esfuerzo técnico propiamente dicho, los descubrimientos de la técnica, sirven para zanjar las cuestiones económicas, y los progresos técnicos señorean todo lo demás.

Citemos todavía otro ejemplo: el representante por excelencia del nivel intelectual de una época determinada, el <clerc>, no es más que el portador de las preocupaciones dominantes de esa época. Tras el teólogo y el predicador del siglo XVI, viene el erudito del XVII; vive, retirado en una república de sabios, sin contacto con las masas. Viene luego, en un siglo que todavía no ha dejado de ser aristocrático, la pléyade de escritores de gran difusión científica. En cuanto el siglo XIX, sería un error grave detenerse en el intermedio romántico y no tomar en consideración más que los grandes pontífices de la religión nueva. El <clerc> del siglo XIX (cuyo primer representante se llama Carlos Marx) es, ante todo, un especialista en cuestiones económicas. Cabe, sin duda, que uno se pregunte cómo el tipo social del <clerc> se atempera a la mentalidad económica y cómo los representantes de la economía política y de los sindicatos comerciales pueden llegar a formar una minoría intelectual. Por lo que a la técnica respecta, ya veremos más adelante cómo prescinde deliberadamente del <clerc>.

Estos dos ejemplos son suficientemente claros para permitirnos enunciar ahora la ley general. Todos los conceptos del espíritu y todas las imágenes que se proponen herir la imaginación –Dios, libertad, progreso, hombre, naturaleza humana, dominio privado y dominio público, razón y racionalización, y, por último, las nociones de naturaleza y de cultura- aparecen en el curso de la historia desprovistas de todo contenido y puestas constantemente bajo la acción determinante, <bajo la mirada>, si se nos permite explicarnos así, del centro de atracción de la época.

Pero el Estado es el principal tributario de este centro de atracción intelectual: a él debe sus cualidades y su fuerza; de él depende, en efecto, la orientación de la antítesis amigo-enemigo. Así, mientras la teología ocupó el puesto dominante, el principio <cujus regio ejus religio> tuvo un alcance político que luego perdió. Pero este axioma reaparece más tarde, al formarse las naciones, bajo la apariencia del principio de las nacionalidades (<cujus regio ejus natio>), y todavía se le distingue fácilmente bajo el reinado de la economía, cuando nos dice, por ejemplo, que dentro del mismo Estado no puede haber dos sistemas económicos contrarios. Capitalismo y comunismo se excluyen entre sí. Después que el Estado Soviético ha logrado sacar tan ventajoso partido del principio <cujus regio ejus aeconomia>, bien se puede, cro yo, ver en él la expresión de una ley general cuya aplicación varía evidentemente según la naturaleza del centro de atracción intelectual dado, pero cuyo alcance es mayor que el de las guerras de religión del siglo XVI o el de la historia de los pequeños Estados de Europa central. El socialismo de Estado trata de instituir un Estado conforme al espíritu económico. El Estado intervencionista quiere ser moderno, es decir, hallarse impregnado del espíritu del siglo. Debe poner todo su estudio en conocer bien las tendencias vigentes del espíritu: de esa condición pende su soberanía. El Estado que en una era económica vacila en tomar la delantera y no se decide a regular las relaciones de este linaje, tiene que resignarse a adoptar una posición neutra frente a los problemas y las decisiones políticas y a renunciar, por tanto, a sus pretensiones soberanas.

¡Extraño fenómeno el de este Estado liberal del siglo XIX que así mismo se titula: "Stato neutrale ed agnostico", y se obstina en ver en su neutralidad un derecho a la existencia! Este hecho inesperado no es fácil de explicar en pocas líneas. La doctrina del Estado neutro del siglo XIX es la expresión de una tendencia general que se desprende del estudio de la historia europea de los últimos siglos y viene a parar en la neutralidad intelectual. Tal vez sea ésta la explicación de lo que se llamó la <época de la técnica>. Veamos cómo.


EL DESENVOLVIMIENTO PROGRESIVO DE LA NEUTRALIDAD Y EL DESTINO DE LA POLÍTICA


La evolución que hemos considerado en el capítulo precedente y cuyo centro de gravedad pasa sucesivamente de la teología a la metafísica, la moral y la economía, trae consigo la neutralización creciente de esos diferentes sectores. Ninguna revolución intelectual ha tenido mayor repercusión que tuvo en el siglo XVII el paso de la teología al espíritu científico. Todavía estamos pagando hoy las consecuencias. Ese es el punto de partida de todas las grandes leyes generales sobre las cuales se ha intentado construir la historia: la <ley de los tres estadios de Comte, la teoría de Spencer, que atribuye al desenvolvimiento de la industria moderna la desaparición necesaria del espíritu militar y todas las demás construcciones análogas.

La causa profunda de esta primera gran revolución se explica simplemente por la preocupación harto característica de procurar al espíritu humano un terreno de conciliación común y neutro. Después de las polémicas y de las luchas del siglo XVI, a nadie puede ya extrañar esta necesidad. Abandonando a la disputa todas las cuestiones controvertidas de la teología cristiana, se elaboró un sistema <natural> de la teología, de la metafísica, de la moral y del derecho. En una obra justamente célebre, ha descrito Dilthey este estado del espíritu, llamando principalmente la atención hacia el papel de la tradición estoica. Yo, por mi parte, estoy convencido de que si la teología ha sido destronada es porque era un terreno de lucha y se buscaba un terreno de conciliación.

Se ha neutralizado la teología, que ha dejado de ser el centro de atracción intelectual. Y el centro de atracción se fijó en otro dominio, jactándose de haber logrado aunar simultáneamente la seguridad, la evidencia, la concordia y la paz. Sonó entonces la hora de la neutralidad y del menor esfuerzo intelectual tres siglos antes del triunfo definitivo de la técnica. Nuestra sociedad europea no tenía ya más que seguir la corriente y perfeccionar su nueva imagen de la verdad.

Todas las nociones teológicas concebidas en el curso de los siglos se han tornado cuestiones privadas. Hasta el mismo Dios, con la aparición del deísmo en el siglo XVIII, dejó de formar parte de este mundo. Se ha transformado en un poder neutro y ha asistido, ajeno a todo, a los combates y a las luchas cotidianas. Dejó de ser un ente para convertirse en un concepto. En el siglo XIX, el monarca primero y después el Estado, van a convertirse también, a su vez, en órganos neutros; y la neutralidad cierra así un ciclo, que luego se hace clásico bajo el nombre de teología política, gracias a la doctrina liberal del poder neutro, que pone el poder político al alcance de su mano. Pero esta evolución supone, después de cada etapa, la creación de un nuevo terreno de lucha, y esa es precisamente la razón del desplazamiento del centro de atracción intelectual. El nuevo centro, que en un principio fue declarado neutro, no tarda en ser presa de los intereses y de las luchas entre los hombres; cuanto mayor es su atracción más violenta la lucha. La humanidad pasa sin cesar de un terreno de lucha a un terreno neutro; pero siempre este último vuelve a transformarse casi instantáneamente en terreno de lucha, obligando a los hombres a buscar la paz en otra parte. Tampoco el naturalismo ha conseguido instaurar la paz. Después de las guerras de religión vinieron las guerras nacionales del siglo XIX, ya en buena parte económicas, luego las guerras puramente económicas. Si hoy se ha concedido a la técnica un margen tan grande de confianza, es porque se cree haber descubierto, por fin, el terreno neutro por excelencia. Nada parece, en efecto, más neutro que la técnica. Todo el mundo tiene derecho a disponer de ella a su arbitrio; la telefonía sin hilos sirve indistintamente para la difusión de todas las noticias y el correo cumple su papel de mensajero sin cuidarse del contenido de nuestros envíos. Comparados con las cuestiones teológicas, metafísicas, morales y aún económicas, sujetas siempre a disputa, los problemas puramente técnicos tienen, sin duda, una objetividad bastante consoladora. Sus soluciones son de una evidencia deslumbradora y fácilmente se comprende que el hombre, después de haber conocido la duda y la incertidumbre en otros dominios, haya buscado asilo en la técnica. Dentro de su ámbito, todos los pueblos y todas las naciones, todas las clases y confesiones, las edades todas sin distinción de sexos, se ponen de acuerdo en un instante para disfrutar por igual de las ventajas y comodidades de la técnica. Al conjuro de este nombre, las rivalidades de origen religioso, nacional o social, se esfuman, y este sector perfectamente neutro parece brindar a todos los beneficios de la armonía y de la reconciliación.

Sin embargo, la neutralidad de la técnica presenta un aspecto nuevo. La técnica es un instrumento, un arma y, precisamente por estar al servicio de todos, no es neutra. La técnica no puede por sí misma ejercer sobre el espíritu una acción determinante, ni hacerle adoptar una actitud neutra. Todos los órdenes de civilización, todos los pueblos, todas las religiones, la guerra como la paz, pueden recurrir a la técnica para forjarse sus armas. Y como el instrumento y las armas prestan cada día mayores servicios, todo autoriza a pensar que cada día serán usados con más frecuencia. Un progreso técnico no entraña necesariamente un progreso de orden metafísico, moral o económico. Si todavía hay muchos de nuestros semejantes que esperan de la perfección técnica un progreso de orden moral, es porque confunden de una manera mística la técnica y la moral, y porque imaginan ingenuamente que este poderoso medio no ha de servir más que para el bienestar social, su propia razón de ser, que serán siempre dueños de ese temible medio de combate que la técnica pone en sus manos y que el poder que de ella nace les será siempre favorable. Pero, desgraciadamente, la técnica nunca vuelve su mirada hacia el lado de la civilización. Reducida a sí misma, es estéril, y en eso se distingue de los centros de actividad que la han precedido: no produce ni cultura ni <clerc>, ni minoría, ni sistema político. En vano esperamos una minoría política compuesta de ingenieros y de inventores. El <sansimonismo> y todos los demás sistemas que se proponen la creación de una sociedad industrial, no se basan únicamente sobre la técnica, sino, en parte, sobre la moral humanitaria, en parte sobre la economía. Ni la misma economía está actualmente dirigida por técnicos, y, además, cuando una organización social no tiene a su frente más que técnicos, es una sociedad sin jefe y sin dirección. Sorel fue más que un ingeniero: se hizo <clerc>. Ningún invento dentro del dominio de la técnica permite prever su alcance político. Los inventos del siglo XV y XVI sirvieron a la libertad, al individualismo y a la revolución; el descubrimiento de la imprenta ha conducido a la libertad de la prensa. Hoy el progreso técnico se revela como un formidable medio de dominación; pone en manos del Poder público el monopolio de la telefonía sin hilos y la censura del cine. Vemos, pues, que la técnica es perfectamente indiferente a nuestra orientación espiritual; puede ser revolucionaria o reaccionaria; lo mismo sirve a la causa de la libertad que a la del poder, a la de la centralización o a la de la autonomía. En una palabra, sus datos y sus aplicaciones no sirven para plantear, ni para dilucidar una cuestión de orden político.

En Alemania, el espectáculo de decadencia que ofreció la generación pasada tiene origen más antiguo que la guerra mundial: no hacía falta para que se manifestara, ni la revolución de 1918, ni la <decadencia de Occidente> de Spengler. Se adivina a través de las declaraciones de Ernst Troeltsch, de Max Weber y de Walter Rathenau. La fuerza irresistible de la técnica, es, a sus ojos, el triunfo de la inepcia sobre el espíritu. Fué el reinado de la mecánica, y bien puede afirmarse que si la mecánica no está del todo desprovista de espíritu, por lo menos, carece enteramente de alma.

Con la técnica, la neutralidad espiritual llega a su expresión más simple: la nada. Tras de haber reducido a abstracciones la religión y la teología, y, más tarde. la metafísica y el Estado, nuestro patrimonio intelectual y moral parece haberse convertido enteramente en una abstracción, y la neutralidad absoluta fué. por último, el anuncio de su completa dilapidación. Sin embargo, cuando una religión grosera se esforzaba por asentar los goces de su paraíso en la aparente neutralidad de la técnica, algunos sociólogos de nombre presintieron que esta ola de neutralidad, que invadía todos los dominios del pensamiento, amenazaba arrollar también toda nuestra cultura. Sobrevino el espanto al ver que nuevas capas sociales se erguían en ese desierto moral e intelectual de la técnica. Afluían sin cesar de esa nada masas de seres humanos, completamente extraños, si no hostiles, a la herencia del pasado. Y esta angustia, que de mil maneras se traslucía, no tenía más fundamento que el temor que se sentía de no poder adueñarse del instrumento de la técnica, que, sin embargo, estaba allí sólo para servir. La técnica era el resultado de un trabajo considerable del espíritu humano, el producto de una disciplina; fué un desatino hacer de ella un mundo aparte, separado de sus factores espirituales y vitales, y favorecer el florecimiento de una mística independiente. El genio de la técnica, que ha conducido a las masas populares al deísmo, no es por eso menos espíritu, espíritu maléfico y satánico si se quiere, pero que, en modo alguno, se puede reducir a puro organismo técnico. Cabe que se le tenga aversión, pero no sería lícito confundirlo con el <mecanismo de la técnica>. Proviene de la metafísica, y es su fe, el poder sin límites y el señorío absoluto del hombre sobre la naturaleza, incluso sobre la humana, el vencimiento de las fronteras naturales, que alcanza hoy su punto culminante, y la existencia de fuentes inagotables de distracción, de lujo y de goce para los mortales. Todo este despliegue de fuerzas tiene algo de maravilloso; es digno de la intervención de potestades infernales; jamás se le podrá considerar como un fenómeno económico, privado de alma y de espíritu, y salido de la nada.

La idea de un derrumbamiento cultural y social se asoció al pánico provocado por los atentados sucesivos al <statu quo>, en vez de brotar normalmente como consecuencia de un examen ponderado del desenvolvimiento intelectual y de sus consecuencias. Todo choque creador de cierta envergadura, toda reforma, toda minoría social nueva debe su origen a una disciplina del espíritu y a un renunciamiento voluntario o forzado, que implica, ante todo, la renuncia al <statu quo>. El cristianismo primitivo y todas las grandes reformas que suscitó a través de los siglos, todos los renacimientos que hicieron volver a los príncipes primitivos, ese <ritornar al principio>, todas las tentativas para acercarse a la naturaleza pura y sin mácula, cuando se las mira a la luz del <statu quo> en vigor, parece que entrañan la negación de la cultura y de la sociedad. Todo en un principio acontece sin ruido y en la sombra: nada llama la atención del historiador o del sociólogo. Cuando llega la hora de la consagración oficial, se está ya en presencia de un momento crítico, cuyos vínculos con un pasado misterioso y oscuro, amenazan romperse.

***********

Después de haber inaugurado la era de la técnica, la neutralidad ha alcanzado hoy la última etapa de su desenvolvimiento progresivo. La técnica ha dejado de ser el terreno neutro anunciado por sus profetas, y se ha puesto al servicio de la política. Por eso sería imprudente emplear la expresión <siglo de la técnica> en un sentido absoluto. La última palabra se dirá el día que sepamos qué género de política ha logrado adueñarse de la técnica y podamos examinar las características de la antítesis <amigo-enemigo> nuevamente formada.

Son todavía muy numerosas las falanges obreras que en las comarcas industriales se afilian a la religión confusa de la técnica: como acontece siempre a las masas, quieren realizar las cosas extremas, creen firmemente sin haberse tomado la molestia de reflexionar, que tras muchos siglos de infructuosas investigaciones, se ha arbitrado, por fin, un medio de abolir la política, de acabar con las guerras y de hacer que la paz reine en todo el universo.

En realidad, la técnica no puede sino acentuar la paz o la guerra y ofrecer sus servicios a una y a otra; ninguno de los nombres destinados a disimular la guerra, ningún juramento pacifista será capaz de mudar las cosas. Bien claro se ve cuán fácil es sugestionar a las masas velando el sentido de las palabras. La ley secreta de este vocabulario mágico harto la conocemos; a la más atroz de todas las guerras, se da el nombre de paz, a la opresión, libertad, y las cosas más horrorosas contra el género humano se ejecutan en nombre de la humanidad. Ahora comprendemos bien el estado de espíritu de esa generación que en el imperio de la técnica veía la decadencia moral y espiritual. Conocemos el pluralismo que impera en toda actividad espiritual, sabemos que ningún centro de atracción espiritual puede ser dominio neutro y es erróneo pretender resolver un problema político con antítesis tales como <mecánico> y <orgánico>, <muerte> y <vida>. Una vida que sólo tiene delante la muerte, no es vida, es impotencia y desesperación. El que no tiene más enemigo que la muerte y ve en ella un simple mecanismo sin consistencia, más cerca está de la muerte que de la vida; la fácil antítesis que consiste en contraponer las nociones de lo orgánico y lo mecánico no es en suma, más que una construcción mecánica. Poner el espíritu y la vida frente a la muerte y la mecánica, es renunciar al combate, y esta táctica no puede engendrar más que los suspiros del romanticismo. La vida, en efecto, no combate contra la muerte, y el espíritu no tiene por adversario la falta de espíritu. Lucha el espíritu contra el espíritu, la vida contra la vida y la armonía aquí abajo halla su fuerza en el conocimiento integral de las cosas humanas. Ab integro nascitur ordo.



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José Mª Rodríguez Vega

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