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¿Qué es un ecologista?

 
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zarpax
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MensajePublicado: Jue Mar 13, 2008 10:47 am    Asunto: ¿Qué es un ecologista? Responder citando

¿Qué es un ecologista?

Un ecologista es un pedante urbano.

Es un urbanitas que tiene demasiado tiempo libre y poca sesera en la cabeza. Esto sea dicho a modo de introito y de provocación.

La militancia -milites, militar- del ecologista se basa en el mito de la Tierra, en Gaia..., como si verdaderamente esa Gaia fuera una deidad personiforme o existente. Sólo a un majara radical como el James Lovelock se le podría ocurrir el deseo de un equilibrio perfecto (homeostasis) de un supuesto ser total que sería el planeta nuestro. Donde hay producción hay destrucción, y si Lovelock no está de acuerdo que no edite de sus libros en tirada de millones para así no dilapidar nuestros sagrados bosques (Breogan es lo idéntico a Lovelock).

El ecologista se basa y ama la "tierra" (acaso porque sólo la ve directamente como "campo" los fines de semana cuando se va de picnic a ese campo a llenarlo todo con sus porquerías urbanas). La tierra es para él la "Madre" que le da de mamar el olor a estiércol y que le permite respirar aire "puro" y ver el esplendor del Paraíso perdido; esto es, un puro mito como la copa de un pino en la cabeza de un chalado dominguero.
Por contra, otra manera más cataláctica y más praxeológica de mirar la tierra es entenderla y considerarla como "suelo", como factor productivo para el sustento del hombre, como tierra feraz o fértil, unas tierras más fértiles que otras, más rentables económicamente que otras. Esta es la manera realista y no romántica que tiene el hombre verdadero productor y consumidor (por oposición al phantasma del ecologista) de mirarse la tierra, tanto la que es de su propiedad como la que puede llegar a serlo algún día o está potencialmente dispuesta para ello. No hay consumo sin producción ni producción sin consumo.
El ecologismo es la ideología (falsa consciencia) del que no tiene ni posee la tierra en propiedad como factor productivo, del que se puede permitir su conservación impoluta porque de ella no espera nada productivo, que sólo espera de ella un consumo en la forma de placer y romántico hedonismo..., que sólo la posee o usa a veces como terreno para su solaz descanso semanal, desde los campos de golf hasta el terreno en que se ha construido su bonito "chalet" acaso mirando una panorámica sobre el mar "azul". Por eso él se puede permitir mil tonterías sobre la tierra sin que le cueste un ochavo y es por completo inconsciente del daño que hace a los demás con su supuesta virtud o "consciencia ecológica".

Veamos qué dice de todo esto el liberal más afamado representante de la escuela austriaca de economía Ludwig von Mises:

<<El mito del suelo.

Suelen las personas sensibleras vituperar la teoría económica de la tierra por su utilitaria estrechez de miras. Los economistas, dicen, contemplan el viejo terruño con los ojos del frío especulador; envilecen valores eternos traduciéndolos a meras cifras. La antigua gleba no puede considerarse como mero factor de producción. Estamos ante la fuente inagotable de donde brota la energía y hasta la propia vida humana. La agricultura jamás debe encasillarse como una subdivisión más de las actividades productivas. Es, por el contrario, el oficio natural y honroso por excelencia; la ocupación obligada de quién desea llevar una vida recta y en verdad humana. No puede valorarse el campo a la luz mezquina de la rentabilidad que él puede producir. El suelo no sólo nos da el pan que fortalece nuestro cuerpo; genera, además, la energía espiritual y moral que sirve de fundamento a nuestra civilización. Las grandes urbes, la industria y el comercio son frutos inmorales y decadentes; su existencia es parasitaria; consumen y destrozan aquello que el campesino incansablemente reproduce.

Cuando hace miles de años las primitivas tribus de cazadores y pescadores se asentaron y comenzaron a cultivar la tierra, nadie se entregaba a tan románticas ensoñaciones. Pero si hubieran existido mentes así, habrían indudablemente ensalzado la caza, denigrando el cultivo agrario como producto éste de la decadencia. En tal caso, habría sido despreciado el labriego al deshonrar con su arado tierras destinadas por los dioses a inmarcesible reserva cinegética, que quedaba ahora rebajada a vil instrumento de producción.

La tierra, hasta el romanticismo, se consideró por todos simplemente como un objeto que incrementa el bienestar material de las gentes, un medio más para atender las necesidades humanas. Nuestros antepasados, mediante diversos ritos y fórmulas mágicas, lo único que pretendían era incrementar la feracidad del suelo y aumentar su rendimiento. No buscaban ninguna unio mystica con misteriosas fuerzas y energías de la tierra. Querían, exclusivamente, ampliar y mejorar las cosechas. Recurrían a exorcismos y conjuros por suponer que tal era la mejor manera de alcanzar el fin apetecido. Sus absurdos descendientes se equivocaron al interpretar tales ceremonias como ritos "idealistas".
El campesino auténtico jamás profiere admirativas sandeces acerca de los campos y sus supuestos poderes. La tierra es para él un factor de producción, nunca causa de sentimentales emociones. Quiere ampliar la extensión de sus posesiones únicamente en el deseo de incrementar sus rentas y elevar el propio nivel de vida. Los agricultores, sin sufrir congojas morales de ningún género, compran y veden terrenos según más les conviene e, incluso, cuando les hace falta, los hipotecan; ofrecen después en el mercado sus productos y airados se revuelven contra todo si los precios conseguidos no les resultan tan beneficiosos como ellos quisieran.

La población rural jamás sintió el amor a la naturaleza ni apreció sus bellezas. Tales emociones arribaron al campo procedentes de la ciudad. Fueron los habitantes de la urbe quienes comenzaron a ver el campo como naturaleza, mientras que los campesinos lo valoraron sólo desde el punto de vista de su productividad en cosechas, piensos, maderas y caza. Las cimas y los glaciares alpinos jamás atrajeron a los indígenas. Variaron estos últimos de criterio sólo cuando gentes ciudadanas empezaron a escalar los picachos, inundando de rubia moneda aquellos valles antes tan despreciados. Los primeros montañeros y esquiadores eran objeto de mofa y burla por parte de la población alpina, que cambió, sin embargo, de actitud cuando advirtió el lucro que cabía derivar de aquellos excéntricos caballeros.

No fueron, desde luego, pastores de ganados, sino refinados aristócratas y delicados vates, quienes ingeniaron la poesía bocólica y pastoril. Dafnis y Cloe son personajes creados por la imaginación de gentes bien acomodadas. El mito de la tierra es una fantasmagoría análoga sin relación alguna con la realidad agraria. No brotó del musgo de los bosques ni del humus de los campos, sino del asfalto ciudadano y de las alfombras urbanas. Los campesinos se sirven de ello porque lo consideran un medio práctico para obtener privilegios políticos que permitan encarecer las tierras y sus productos.>>
(La acción humana. Unión Editorial, pág. 760)

<<La tierra también se emplea a veces para jardines, para parques y para la contemplación de la majestad y esplendor de los paisajes naturales. Al difundirse ese amor a la naturaleza, tan típico de la mentalidad "burguesa", se ha acrecentado enormemente la demanda de terrenos. Por parcelas antes consideradas estériles e inaprovechables situadas entre riscos y veneros se pagan hoy elevados precios, pues permiten al hombre moderno disfrutar de exquisitos placeres de orden contemplativo.>> (Ibid. Pág. 757)

Así ocurre paradójicamente que, las tierras poco productivas antaño, que valían poca cosa por lo muy improductivas que eran, valen ahora millones por la revalorización a que han sido sometidas por la demanda de los urbanitas de lugares bellos y agrestes y poco poblados. La pureza del aire y el color vivo de las margaritas encandiló y arrobó al urbano ciudadano y creó junto con él al chalado del ecologista y su absurda militancia. Junto a este irracional ecologista que no piensa ni los domingos y fiestas de guardar, apareció más tarde y pegado a él como una lapa y sanguijuela el ideólogo político, el politicastro semi-analfabeto que al arrimar el ascua a su sardina cree poder así vivir de los réditos políticos del ecologismo a la guay (y encima se llama y se cree de "izquierdas"). En la conciencia falsa de los unos está puesta la falsa política de los otros y ambas se alimentan mutuamente. Si tuvieran trabajo que hacer en el campo y sudores en la frente que secarse, se dedicarían a sacarle el máximo provecho a la tierra sin tener para nada en cuenta los bellos ideales de los ociosos bucólicos de la gran ciudad. Merecen desaparecer. ¡Pijos!



_________________
José Mª Rodríguez Vega

...Post eventum vani sunt questus
(“Cuando aparece el necio todo son problemas”).

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